Lectores avizores Bar Grandes Esperanzas

Publicado el 16 de septiembre de 2015 | por Diego Marín

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“El bar de las grandes esperanzas”, de J.R. Moehringer

¿Puede la realidad superar a la ficción? Sí, si el artífice que cuenta la historia posee un talento extraordinario. ¿Puede la ausencia de un padre ser suplida por un puñado de hombretones asiduos a un bar? Sí, si entre copa y copa te brindan lecciones de hombría y de vida.
En El bar de las grandes esperanzas – el título es un guiño a Charles Dickens y toda una declaración de intenciones – J.R. Moehringer, ganador de un Pulitzer en Periodismo, se abre en canal y cuenta sus memorias en una obra magnífica, valiente y profundamente emotiva. El eje central de la estructura de este relato es un bar. Más que un lugar, el bar, que primero se llama “Dickens” y luego “Publicans”, se erige como un templo y es un personaje clave de esta bella historia, asumiéndose como co-protagonista de la vida del autor/narrador/personaje principal.

El bar de las grandes esperanzas

Como en las obras de Dickens, esta historia de crecimiento y superación está plagada de dificultades y carencias. El protagonista tiene que enfrentarse a la miseria, tanto económica como emotiva, buscándose la vida como buenamente puede, aprendiendo a caer y a levantarse. Pero, ya que la esperanza es tan dickensiana como el sufrimiento, hay siempre luz al final del túnel. Y, como en un cuento de Navidad, hay espacio para la dulzura, que derrite todos los hielos.
“El bar de las grandes esperanzas” es un relato de iniciación, es la historia de cómo un niño sin padre se hace hombre. Criado en una casa caótica llena de mujeres, el niño encuentra sus referentes masculinos el día en que descubre el bar. Los camareros – entre los que se encuentra su tío –, el dueño y los clientes habituales reemplazarán al padre ausente. Con ellos, en su paso de la niñez a la adolescencia, aprenderá cosas de hombres: los deportes, las apuestas, la rectitud, el arte del flirteo. Con ellos, se definirá y se hará adulto. Con ellos, aprenderá a beber y aprenderá a vivir.
Hay autobiografías que funcionan, se leen y se viven como novelas. La clave está en la emoción. Aquí, la hay a raudales: drama, alegría, encuentros y desencuentros, humor y alguna tragedia. Y, como lectores, somos llevados en brazos de una emoción a otra de forma viva y brillante. Posiblemente, todas las vidas serán, a la par, banales y excepcionales. Pero no todas se cuentan como lo hace Moehringer, capaz de transformar su historia en algo más grande que la vida.
“Maravilloso”, me decía Diego Marín al proponerme la lectura avizora de este libro. Tenía toda la razón. ¡Léanlo!

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